lunes, 18 de enero de 2021

JOHN RAY SINNOCK

John Ray Sinnock (1888 – 1947) estudió en la Escuela de arte industrial del Museo de Filadelfia y luego de diez años como profesor de arte en su alma mater y en otra universidad, en 1917 fue nombrado grabador y medallista asistente en la Casa de moneda de Filadelfia y en 1925 llegó a ser el octavo jefe de grabadores de la ceca, cargo que desempeñó hasta su muerte en 1947. Aunque en esos años hizo monedas y medallas muy importantes y hermosas, su obra más conocida es el dime que conmemora al presidente Franklin D. Roosevelt (1946).


En 1917 Sinnock tuvo a su cargo la ejecución de las matrices de reproducción para la troquelería de las monedas colombianas de 1, 2 y 5 centavos de cuproníquel, emitidas a partir de 1918, con una interrupción entre 1942 y 1946 cuando la escasez de níquel en la segunda guerra mundial hizo que debieran ser remplazadas por monedas de cobre con otro diseño. Aunque en las acuñaciones con el diseño de Sinnock participaron las cecas de Bogotá y Medellín, muchas fueron hechas en los Estados Unidos en las cecas de Denver, Filadelfia y San Francisco. Parte de las matrices que envió Sinnock en 1917 se conservan en la colección numismática del Banco de la República en Bogotá.

sábado, 9 de junio de 2018

Reflexiones de un coleccionista

La agobiante presión del comercio numismático y de las publicaciones dedicadas al tema nos tienen convencidos de que las únicas piezas (léase monedas, billetes o fichas) dignas de ser coleccionadas, son las que no muestran ningún desgaste, las que no tienen huellas de haber circulado alguna vez. Esto, de repente, me hizo frenar en seco y ponerme a recordar mis primeros años de “coleccionista” muchas décadas atrás.

Por ese entonces, tendría yo quizá unos diez años, mi padre me regaló dos o tres moneditas de plata, sobrantes de un viaje a Panamá, que aún conservo aunque hace muchos años solo colecciono monedas colombianas. Conociéndome, sé que de inmediato corrí a buscar el Pequeño Larousse Ilustrado de mi casa para leer lo que había sobre Panamá y a un mapamundi de globo, ya sin el aro en el que giró alguna vez, a buscar el Istmo. Por un tiempo permanecieron en una cajita, pero al poco tiempo esas pocas monedas iniciales se habían transformado en un buen grupo de monedas de varios países, regalo de amigos de mis padres cuando viajaban, que ya necesitaron una caja de madera más grande, incluso con una chapita, regalo de mi padre.

Con la llegada de una moneda nueva, buena parte de la diversión era identificar el país de origen, la época y la denominación. Aún sin disponer de catálogos ni mucho menos del gran apoyo de internet, no era grande la dificultad para hacerlo con los países de América ni con muchos de los europeos, aunque el hecho de ser la época de la posguerra a veces hacía que el asunto fuera más complejo e interesante.

Por otra parte, aunque la mayoría de mis monedas mostraban desgaste, a veces tanto que se dificultaba su identificación, no recuerdo que eso me hubiera molestado en forma alguna. Por el contrario, en mi imaginación juvenil estaba el origen de ese desgaste al pasar la pieza de mano en mano por muchos años. Tenderos, vendedores de periódicos, amas de casa, tranvías y hasta mendigos (obviamente, todas eran cuidadosamente lavadas con agua y jabón por exigencia de mi madre). Aún recuerdo mi excitación cuando por fin pude descifrar los misterios de la escritura y los años lunares en las monedas de los países islámicos. Una moneda de Iraq con su desgaste natural traía a mi mente imágenes de los abigarrados mercados árabes y del Ladrón de Bagdad de las películas.

Si hablara, cuantas historias podría contar una moneda desgastada y aún perforada como parte de la función económica para la cual fue creada. En cambio, ¿qué podría contar una pieza numismática que nunca ejerció su función y que desde que nació fue encerrada en un álbum? Las piezas sin circular son bonitas… y pare de contar. En mi opinión, es triste tener que mirar el coleccionismo numismático solo con ojos de inversionista.

jueves, 30 de noviembre de 2017

La “Cocobola” (1/3)

En 2017, ciento treinta años después de la sonada emisión de la moneda colombiana de cincuenta centavos de plata que conocemos como “Cocobola”, bien vale la pena refrescar la memoria sobre los acontecimientos que dieron lugar a su origen y mas tarde a su remoquete.

La famosa Cocobola de 1887; diámetro real: 30 mm
Pasada la guerra civil de 1885, a pesar de las buenas intenciones de las casas de moneda de Bogotá y Medellín las acuñaciones no marchaban con suficiente rapidez y los gastos de la guerra hacían apremiante la necesidad de numerario metálico. Se pensó entonces en recurrir al exterior, como ya se hacía con la moneda de níquel, y se entró en comunicación con los agentes comerciales del gobierno en Nueva York, por entonces Camacho Roldán & Van Sickel, para contratar la acuñación de una cantidad apreciable de piezas de cincuenta centavos en plata de ley 0,500.

Todo hubiera marchado sin tropiezos de no haber sido por la acucia de los comisionistas que, previa consulta con el presidente Núñez, junto con las descripciones oficiales de ambas caras de la moneda, le remitieron al grabador una foto pequeña del perfil de doña Soledad Román, la esposa de Núñez, para que le diera un “toque personalizado” a la efigie de la Libertad, sin imaginar la tormenta política que con ello se desataría.

Es evidente que el presidente no le dio importancia al asunto y quizá pensó que, fuera de su mujer, nadie lo notaría. No contaba sin embargo con la pericia del grabador ni con la astucia de sus opositores que vieron en ello la gran oportunidad. Años después en su biografía refería doña “Sola” lo ocurrido:

Llegaron las monedas y fueron puestas en circulación. ¡Ay, amigo! Aquello fue un escándalo apenas conocieron mi retrato. Los periódicos vomitaban improperios. El pueblo susurraba que Núñez se iba a coronar emperador. Y, por último, las denominaron “Cocobolas”, nombre que conservaron hasta su total desaparición.

Los enemigos de Núñez hicieron su agosto en esa oportunidad, pero ¿de dónde salió lo de “Cocobolas”? Pues resulta que el curioso remoquete está ligado a un sonado y trágico episodio ocurrido en Panamá dos años antes durante la guerra de 1885, cuando en medio de la revuelta los enemigos del gobierno incendiaron a Colón, que quedó reducida a escombros y cenizas. Por esos días era Colón una de las ciudades más populosas de Colombia, con multitud de almacenes y bodegas atestados de mercancías importadas, casi todos de propiedad de extranjeros. Del incendio sólo se salvaron siete edificaciones y quedaron sin hogar más de quince mil personas. Las pérdidas materiales ascendieron a treinta millones de pesos colombianos. Una cifra astronómica para la época.

Algunos de los incendiarios fueron cogidos en flagrante delito y fusilados en el sitio sin fórmula de juicio. Otros dos, un mulato haitiano y un jamaicano de nombre George Davis, más conocido como “Cocobolo”, habían sido capturados con la tea en la mano por los marinos del barco de guerra norteamericano Galena, surto en la bahía, que prestaron su ayuda en un comienzo para restablecer el orden en la aterrorizada ciudad. Estos fueron entregados a las fuerzas del gobierno central al mando de Rafael Reyes, para ser juzgados en consejo verbal de guerra. Éste se reunió el 6 de mayo de 1885 y condenó a los acusados a ser “ahorcados del pescuezo”, como lo pedía un memorial firmado por los vecinos de Colón. La sentencia se llevó a cabo el mismo día en el lugar donde se inició el incendio.

Posiblemente nunca sabremos de dónde le vino a Davis el apodo de “Cocobolo”, que es un árbol de madera roja, muy densa y atractiva (Dalbergia Retusa), común por entonces en Centro América. El hecho es que el pueblo se lo endilgó sin miramientos a las monedas de Núñez y así las conocemos los coleccionistas desde entonces.

(Continuará)