La agobiante presión del comercio numismático y de las publicaciones dedicadas al tema nos tienen convencidas de que las únicas piezas (léase monedas, billetes o fichas) dignas de ser coleccionadas, son las que no muestran ningún desgaste, las que no tienen huellas de haber circulado alguna vez. Esto, de repente, me hizo frenar en seco y ponerme a recordar mis primeros años de “coleccionista” muchas décadas atrás.
Por ese entonces, tendría yo quizá unos diez años, mi padre me regaló dos o tres moneditas de plata, sobrantes de un viaje a Panamá, que aún conservo aunque hace muchos años solo colecciono monedas colombianas. Conociéndome, sé que de inmediato corrí a buscar el Pequeño Larousse Ilustrado de mi casa para leer lo que había sobre Panamá y a un mapamundi de globo, ya sin el aro en el que giró alguna vez, a buscar el Istmo. Por un tiempo permanecieron en una cajita, pero al poco tiempo esas pocas monedas iniciales se habían transformado en un buen grupo de monedas de varios países, regalo de amigos de mis padres cuando viajaban, que ya necesitaron una caja de madera más grande, incluso con una chapita, regalo de mi padre.
Con la llegada de una moneda nueva, buena parte de la diversión era identificar el país de origen, la época y la denominación. Aún sin disponer de catálogos ni mucho menos del gran apoyo de internet, no era grande la dificultad para hacerlo con los países de América ni con muchos de los europeos, aunque el hecho de ser la época de la posguerra a veces hacía que el asunto fuera más complejo e interesante.
Por otra parte, aunque la mayoría de mis monedas mostraban desgaste, a veces tanto que se dificultaba su identificación, no recuerdo que eso me hubiera molestado en forma alguna. Por el contrario, en mi imaginación juvenil estaba el origen de ese desgaste al pasar la pieza de mano en mano por muchos años. Tenderos, vendedores de periódicos, amas de casa, tranvías y hasta mendigos (obviamente, todas eran cuidadosamente lavadas con agua y jabón por exigencia de mi madre). Aún recuerdo mi excitación cuando por fin pude descifrar los misterios de la escritura y los años lunares en las monedas de los países islámicos. Una moneda de Iraq con su desgaste natural traía a mi mente imágenes de los abigarrados mercados árabes y del Ladrón de Bagdad de las películas.
Si hablara, cuantas historias podría contar una moneda desgastada y aún perforada como parte de la función económica para la cual fue creada. En cambio, ¿qué podría contar una pieza numismática que nunca ejerció su función y que desde que nació fue encerrada en un álbum? Las piezas sin circular son bonitas… y pare de contar. En mi opinión, es triste tener que mirar el coleccionismo numismático solo con ojos de inversionista.
sábado, 9 de junio de 2018
jueves, 30 de noviembre de 2017
La “Cocobola” (1/3)
En 2017, ciento
treinta años después de la sonada emisión de la moneda colombiana de cincuenta centavos
de plata que conocemos como “Cocobola”, bien vale la pena refrescar la memoria
sobre los acontecimientos que dieron lugar a su origen y mas tarde a su remoquete.
![]() |
| La famosa Cocobola de 1887; diámetro real: 30 mm |
Pasada la guerra civil
de 1885, a pesar de las buenas intenciones de las casas de moneda de Bogotá y
Medellín las acuñaciones no marchaban con suficiente rapidez y los gastos de la
guerra hacían apremiante la necesidad de numerario metálico. Se pensó entonces
en recurrir al exterior, como ya se hacía con la moneda de níquel, y se entró
en comunicación con los agentes comerciales del gobierno en Nueva York, por
entonces Camacho Roldán & Van Sickel, para contratar la
acuñación de una cantidad apreciable de piezas de cincuenta centavos en plata
de ley 0,500.
Todo hubiera marchado
sin tropiezos de no haber sido por la acucia de los comisionistas que, previa
consulta con el presidente Núñez, junto con las descripciones oficiales de ambas
caras de la moneda, le remitieron al grabador una foto pequeña del perfil de
doña Soledad Román, la esposa de Núñez, para que le diera un “toque personalizado” a
la efigie de la Libertad, sin imaginar la tormenta política que con ello se
desataría.
Es evidente que el
presidente no le dio importancia al asunto y quizá pensó que, fuera de su mujer,
nadie lo notaría. No contaba sin embargo con la pericia del grabador ni con la
astucia de sus opositores que vieron en ello la gran oportunidad. Años después en
su biografía refería doña “Sola” lo ocurrido:
“Llegaron las monedas y fueron puestas en circulación. ¡Ay, amigo!
Aquello fue un escándalo apenas conocieron mi retrato. Los periódicos vomitaban
improperios. El pueblo susurraba que Núñez se iba a coronar emperador. Y, por
último, las denominaron “Cocobolas”, nombre que conservaron hasta su total
desaparición.”
Los enemigos de Núñez
hicieron su agosto en esa oportunidad, pero ¿de dónde salió lo de “Cocobolas”?
Pues resulta que el curioso remoquete está ligado a un sonado y trágico
episodio ocurrido en Panamá dos años antes durante la guerra de 1885, cuando en
medio de la revuelta los enemigos del gobierno incendiaron a Colón, que quedó
reducida a escombros y cenizas. Por esos días era Colón una de las ciudades más
populosas de Colombia, con multitud de almacenes y bodegas atestados de
mercancías importadas, casi todos de propiedad de extranjeros. Del incendio
sólo se salvaron siete edificaciones y quedaron sin hogar más de quince mil
personas. Las pérdidas materiales ascendieron a treinta millones de pesos
colombianos. Una cifra astronómica para la época.
Algunos de los
incendiarios fueron cogidos en flagrante delito y fusilados en el sitio sin
fórmula de juicio. Otros dos, un mulato haitiano y un jamaicano de nombre
George Davis, más conocido como “Cocobolo”, habían sido capturados con la tea
en la mano por los marinos del barco de guerra norteamericano Galena, surto en
la bahía, que prestaron su ayuda en un comienzo para restablecer el orden en la
aterrorizada ciudad. Estos fueron entregados a las fuerzas del gobierno central al mando de Rafael Reyes, para ser juzgados en consejo verbal de guerra.
Éste se reunió el 6 de mayo de 1885 y condenó a los acusados a ser “ahorcados
del pescuezo”, como lo pedía un memorial firmado por los vecinos de Colón. La
sentencia se llevó a cabo el mismo día en el lugar donde se inició el incendio.
(Continuará)
miércoles, 29 de noviembre de 2017
La “Cocobola” (2/3)
En mi calidad de asesor numismático del Banco de la República, en abril de 1998 viajé a Ibagué en compañía de Jorge Emilio Restrepo y Angelina Araújo, directora de la ya desaparecida Sección Numismática del banco, para examinar el contenido de algunas cajas de utileria ya en desuso para la fabricación de moneda, conservadas desde años atrás en la Casa de Moneda de Bogotá y que luego pasaron a la nueva ceca de Ibagué cuando se hizo el traslado de los procesos de acuñación en los años 80. El objeto de la visita era dictaminar sobre el interés de ese material para la colección numismática del banco y su posible utilización en el nuevo museo numismático en que se venía trabajando.
Se trataba de 22 cajas pequeñas de madera, selladas y cuidadosamente marcadas e inventariadas. Recuerdo la emoción que nos embargó, cuando al abrir la primera de ellas, escogida al azar, lo primero que vimos fue parte de la hermosa troquelería de la ceca de Medellín, fabricada en la Casa de Moneda de París por Albert Barre en 1873, que vino a parar a Bogotá con la venta de la ceca antioqueña en 1953. Con febril entusiasmo seguimos abriendo caja tras caja, encontrando cada vez verdaderos tesoros numismáticos. Las troquelerías fabricadas en Londres por Leonard Wyon en 1873 para las cecas de Medellín y Bogotá, incluidas matrices de reproducción para denominaciones de oro y plata que no llegaron a utilizarse y de las que solo en ocasiones se ve alguna prueba. Ya del siglo XX estaba la troquelería grabada en Denver en 1917 por John Ray Sinnock para las monedas de níquel de 1, 2 y 5 centavos que empezaron a circular en 1918 y entre lo más antiguo estaban los troqueles de base cuadrada usados en los primeros años de la Independencia y, aún mas sorprendente, varias cajas con pilas para punzones de la época de la Colonia, con las firmas de grabadores de renombre de las cecas de Madrid y Sevilla. En total eran mas de 1800 herramientas entre matrices de reproducción, punzones y troqueles, que sin lugar a dudas debían entrar a hacer parte de la colección numismática del banco. Por fortuna, en Ibagué estaban estorbando y en la colección numismática ansiábamos comenzar su estudio, así que el trámite fue simple y sin mucho papeleo. En un par de semanas estaban las cajas en Bogotá y yo quedé a cargo de su identificación y catalogación.
Retomando el tema que nos ocupa, en una de las primeras cajas que abrimos estaban las matrices originales de la Cocobola, de cuya fabricación solo sabíamos que había sido comisionada por el gobierno en Nueva York. Pero, ¿quién grabó las matrices y dónde fueron acuñadas las monedas? Eso aún estaba por verse...
Se trataba de 22 cajas pequeñas de madera, selladas y cuidadosamente marcadas e inventariadas. Recuerdo la emoción que nos embargó, cuando al abrir la primera de ellas, escogida al azar, lo primero que vimos fue parte de la hermosa troquelería de la ceca de Medellín, fabricada en la Casa de Moneda de París por Albert Barre en 1873, que vino a parar a Bogotá con la venta de la ceca antioqueña en 1953. Con febril entusiasmo seguimos abriendo caja tras caja, encontrando cada vez verdaderos tesoros numismáticos. Las troquelerías fabricadas en Londres por Leonard Wyon en 1873 para las cecas de Medellín y Bogotá, incluidas matrices de reproducción para denominaciones de oro y plata que no llegaron a utilizarse y de las que solo en ocasiones se ve alguna prueba. Ya del siglo XX estaba la troquelería grabada en Denver en 1917 por John Ray Sinnock para las monedas de níquel de 1, 2 y 5 centavos que empezaron a circular en 1918 y entre lo más antiguo estaban los troqueles de base cuadrada usados en los primeros años de la Independencia y, aún mas sorprendente, varias cajas con pilas para punzones de la época de la Colonia, con las firmas de grabadores de renombre de las cecas de Madrid y Sevilla. En total eran mas de 1800 herramientas entre matrices de reproducción, punzones y troqueles, que sin lugar a dudas debían entrar a hacer parte de la colección numismática del banco. Por fortuna, en Ibagué estaban estorbando y en la colección numismática ansiábamos comenzar su estudio, así que el trámite fue simple y sin mucho papeleo. En un par de semanas estaban las cajas en Bogotá y yo quedé a cargo de su identificación y catalogación.
Retomando el tema que nos ocupa, en una de las primeras cajas que abrimos estaban las matrices originales de la Cocobola, de cuya fabricación solo sabíamos que había sido comisionada por el gobierno en Nueva York. Pero, ¿quién grabó las matrices y dónde fueron acuñadas las monedas? Eso aún estaba por verse...
![]() |
| Matrices originales para la Cocobola. Fotografía de Jorge Emilio Restrepo |
Así las cosas, pasaron
los años y ya en Medellín, en estos días durante una de mis frecuentes búsquedas en Internet,
hallé por casualidad las imágenes de dos pruebas de acuñación en lámina de
plomo o cinc, que claramente correspondían a las matrices originales de la Cocobola en la
colección del Banco de la República.
Siguiendo el enlace
respectivo, descubrí que estas pruebas, junto con otro par similar y una de solo el reverso,
hicieron parte del extenso archivo de Rudolph P. Laubenheimer, uno de los más notables grabadores y
medallistas de los Estados Unidos, que ejerció su oficio en Nueva
York entre 1858 y 1905, y cuyos archivos, cuidadosamente conservados por la
familia durante más de cien años, fueron subastados en Nueva York en junio de
2015 por Archives International Auctions.
Este tipo de prueba hace parte del proceso de
verificación que rutinariamente hace el grabador con una matriz en las últimas etapas de fabricación. Esto se logra poniéndola sobre una pequeña cantidad de cinc fundido vertido sobre un papel, con lo que se obtiene una impronta muy detallada aunque también muy frágil por el escaso espesor de la lámina de cinc, conocida en inglés con el curioso nombre de “trial splash”.
Aunque lo usual con estas improntas es que finalmente se descarten, por alguna razón Laubenheimer decidió conservar estas en su archivo. Lo triste del caso fue que, camufladas entre cientos de otros lotes, pasaron desapercibidas y se vendieron en el remate por muy poco dinero.
Aunque lo usual con estas improntas es que finalmente se descarten, por alguna razón Laubenheimer decidió conservar estas en su archivo. Lo triste del caso fue que, camufladas entre cientos de otros lotes, pasaron desapercibidas y se vendieron en el remate por muy poco dinero.
(Continuará)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


